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LAS "VACAS LOCAS"

 

(Informe sobre la crisis planteada por la encefalopatía espongiforme bovina (EEB) que afecta al ganado británico)

 

 

1. INTRODUCCIÓN

2. RESUMEN

3. INFORME

3.1 Los hechos

3.2 Declaraciones públicas de los Científicos.

4. EL ESTADO DE LA INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA

4.1 La Enfermedad

4.2 Los Antecedentes.

4.3 El Debate Científico

5 EL MODELO DE PRODUCCIÓN CÁRNICA

5.1 Un Sistema en Cuestión

5.2 El Factor Económico 

6. DISTINTAS POSTURAS

6.1 Partidarios de Levantar el Embargo.

6.2 Los partidarios de Continuar con el Embargo

7. EL ANÁLISIS

8. ALGUNAS PREGUNTAS Y RESPUESTAS DE INTERES

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4.  EL ESTADO DE LA INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA


1 La enfermedad

La enfermedad de Creutzfeldt Jakob es temible y mortal. Como las otras variantes de encefalopatía espongiforme detectadas en humanos: el síndrome de Gerstmann Sreaussier, la enfermedad de Alpers, que ataca sobre todo a los niños, y el Kuru, de gran impacto epidemiológico entre los miembros de la comunidad Fore de Papúa, en Nueva Guinea, que practican la antropofagia ritual y comen el cerebro de familiares muertos en el curso de la liturgia funeraria.
Sin embargo, hasta hace pocos años, la enfermedad de Creutzfeldt Jakob tenía una escasísima incidencia estadística (un caso por millón de habitantes) y sólo afectaba a mayores de 60 años. Estos casos, ahora denominados Creutzfeldt Jakob esporádicos, por su bajísima incidencia, son asimismo la explicación de la ausencia de investigaciones sobre la enfermedad. En este sentido, es un caso de enfermedad "huérfana", como tantas otras dolencias cuya expectativa de terapia no constituye una expectativa de negocio por falta de mercado.

 
Menor incidencia aún presenta el síndrome de Gerstmann Sreaussier y las otras variantes conocidas en humanos, que en total pueden afectar a algunas docenas de familias a escala mundial. No obstante, recientemente se han llevado a cabo investigaciones que podrían dar un notable impulso a la financiación de estudios sostenidos y concertados, en la medida en la cual apuntan a la posibilidad de que otras enfermedades neurodegenerativas, algunas de creciente incidencia, como el Alzheimer, tengan también un origen y una evolución similar.

 
En todo caso, la enfermedad presenta actualmente un perfil poco propicio para tranquilizar a la opinión pública. En primer lugar, no existe forma de diagnóstico y éste debe confirmarse mediante la autopsia del afectado. En segundo lugar, no existe tratamiento y se trata de una enfermedad mortal de necesidad. Son notas que inciden negativamente desde el punto de vista psicológico y favorecen la activación de la histeria colectiva.

 
Recientemente, los casos de Creutzfeldt Jakob atípicos detectados en personas jóvenes (menores de 40 años) y su asociación a la EEB han disparado la alarma pública, con un descenso en picado de la demanda de carne de vacuno, que alcanzó mermas del 40% y todavía se mantiene un 20% por debajo del nivel de demanda anterior a la crisis.
Según los científicos, la encefalopatía espongiforme se adquiere por dos vías: hereditaria y por contagio. El agente responsable es una proteína de un grupo denominado "Prión". Los priones son proteínas normales en mamíferos y aves y, supuestamente, están relacionadas con los mecanismos del sueño.

 
En el caso de las enfermedades relacionadas, se produce un defecto en la conformación espacial de estas proteínas, el cual hace que se plieguen de forma anormal. Esto tiene como consecuencia la precipitación de estos priones defectuosos sobre las membranas de las células nerviosas, produciendo su muerte por acumulación.

 
El defecto hace, en definitiva, que los priones anormales se plieguen de forma diferente y actúen como moldes de las proteínas normales haciendo que cada vez haya más copias defectuosas, que se depositan sobre las neuronas siguiendo las pautas incorrectas de los priones. A la larga, los priones se depositan en forma de placas (depósitos) sobre las neuronas y las matan.

 
En este momento termina la fase de incubación de la enfermedad. A medida que las neuronas mueren se forman agujeros en el cerebro, que adquiere cada vez más una textura esponjosa en la fase de enfermedad avanzada. Y el desenlace no se hace esperar: apatía, ansiedad, depresión, pérdida de peso, degeneración cerebral, pérdida de la coordinación neuromotriz, pérdida de memoria, episodios de demencia permanente y pérdida del habla... y, finalmente, la muerte. Desde que aparecen los primeros síntomas y se produce la muerte puede pasar un año.

  
En el caso de la vía hereditaria es, al parecer, un gen mutado el que da órdenes o instrucciones incorrectas que determinan el plegamiento defectuoso de la proteína. En el caso del contagio, los priones entran directamente por la incorporación de tejidos infectados e interactúan con los priones análogos del huésped.

 
Si bien algunos científicos no descartan la actividad de un agente viral encubierto, la mayoría se inclina por desechar esta hipótesis debido a la ausencia de material genético asociado a los priones. La resistencia a aceptar la capacidad infectiva del prión, que sólo desapareció en 1992, se debe a la novedad radical que implica que una proteína pueda por sí sola ser un agente infeccioso.
 
2 Los antecedentes

Esta enfermedad de escasa incidencia estadística empezó a aumentar con la incorporación de ciertas prácticas médicas, que en su día disfrutaron de un entusiasmo clamorosamente favorable y se identificaron con el progreso científico y técnico. Así, por ejemplo, aparecieron casos de contagio en personas a quienes se había injertado membranas meníngeas o córneas procedentes de cadáveres y en niños tratados con la hormona del crecimiento, obtenida también a partir de cadáveres.

  
Hace algunos años, la muerte de varios niños tratados en Francia con esta hormona debió disparar la alarma. Sobre todo, porque existían experiencias epidemiológicas que autorizaban con fuerza la hipótesis del contagio a partir de tejidos muertos infectados. Pero también hay que hacer notar que se trataba de casos de contagio intraespecífico, de los cuales no podía deducirse una capacidad priónica para "saltar" la barrera de la especie. Lo mismo puede decirse en relación al kuru.
En Nueva Guinea, como adelantamos, entre los miembros de comunidades que practican la antropofagia ritual y comen el cerebro de sus familiares muertos, se han detectado hasta 3.000 casos de una de las variantes de la encefalopatía espongiforme (el kuru). El dato epidemiológico sugiere una clara relación causa-efecto si se considera la espeluznante estadística que presenta la enfermedad entre estos reducidos grupos aborígenes.

 
Sin embargo, en Gran Bretaña también hace ya muchos años que se alertó sobre los riesgos que entrañaba la enfermedad de las "vacas locas" para la salud humana. Pero tampoco se hizo nada al respecto. Entre otras cosas, porque la alimentación del ganado con harinas animales producidas a partir de vísceras y restos de ovejas se practica desde hace dos décadas, y está directamente relacionada con los estándares de producción cárnica estimados como competitivos, mientras el riesgo sanitario resultaba, al menos aparentemente, demasiado remoto.

 
En 1986, un equipo de investigadores británicos del Laboratorio Veterinario Central de Weybridge identificó el mal que afectaba a las "vacas locas" como una nueva enfermedad: la encefalopatía espongiforme bovina (EEB). También se aventuró entonces la hipótesis de que el origen de la enfermedad de los vacunos británicos podía deberse a la trasmisión a través de los piensos animales elaborados a partir de restos de ovejas enfermas. Tampoco faltaron en la pasada década las voces autorizadas que advirtieran contra los riesgos. En cualquier caso, las advertencias fueron recogidas por el gobierno británico en 1988 al prohibir la utilización de los piensos sospechosos de contaminación como alimento del ganado vacuno a la luz de los datos aportados por la investigación. Ya desde 1732 se conocía una enfermedad en las ovejas (scrapie o tembladera), cuya etiología se ha demostrado que está relacionada con priones defectuosos.

 
También, una de las primeras hipótesis de trabajo aventuró, en la pasada década, que la EEB podía haber contagiado a los vacunos como consecuencia de una defectuosa esterilización de los restos ovinos afectados utilizados para pienso, o bien como consecuencia de la comercialización, por parte de los mismos ganaderos, de ovejas enfermas en los canales de suministro de la producción de harinas animales.

 
Ésta es una práctica sin duda extendida y hasta estimulada objetivamente a la luz del más simple balance riesgo penal/beneficio económico. El pasado 14 de mayo la prensa informó de la condena a un productor británico, Neil Pawson, propietario de un matadero, que mezcló vértebras y médula de dos vacas enfermas con otros restos animales y los suministró a una fábrica de piensos animales.

 
Pese a que en el momento de producirse la sentencia la prohibición de 1988 llevaba en vigor ocho años, y que desde hacía tres meses existía una clara alarma social, el juez le impuso al señor Pawson una multa de 186.000 pesetas (Diario 16, 14 de mayo, p. 22).

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