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Las "Vacas locas"
Informe sobre la crisis planteada por la encefalopatía espongiforme bovina (EEB) que afecta al ganado británico. CAPÍTULO V


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1. INTRODUCCIÓN
2. RESUMEN
3. INFORME
3.1 Los hechos
3.2 Declaraciones públicas de los Científicos.
4. EL ESTADO DE LA INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA
4.1 La Enfermedad
4.2 Los Antecedentes.
4.3 El Debate Científico
5 EL MODELO DE PRODUCCIÓN CÁRNICA
5.1 Un Sistema en Cuestión
5.2 El Factor Económico 
6. DISTINTAS POSTURAS
6.1 Partidarios de Levantar el Embargo.
6.2 Los partidarios de Continuar con el Embargo
7. EL ANÁLISIS

5. EL MODELO DE PRODUCCIÓN CARNICA


1. Un sistema en cuestión

El modelo de las granjas avícolas es similar en toda Europa y en el resto del mundo desarrollado. Los animales están hacinados, producen huevos a presión y bajo luz ininterrumpida y son alimentados con harinas animales y de pescado, con hormonas y otros compuestos, entre los que se incluyen antibióticos, vacunas y complementos vitamínicos.
Cabe preguntarse: ¿qué ocurriría si aparecieran un par de casos de encefalopatía espongiforme, o más concretamente de Creutzfeldt Jakob, en personas jóvenes que no consumieran carne bovina británica, o de zonas en que se hubiera detectado EEB?.

 
Por lo pronto ya ha aparecido un caso, recogido por The Lancet: el de un mecánico francés de Lyon, de 26 años, que nunca viajó al Reino Unido y cuya única salida al exterior fueron unas vacaciones en España hace algunos años.
En esta hipótesis el mercado cárnico en general recibiría un golpe terrible y se dispararía el pánico social. No debe olvidarse, al respecto, que en la semana que siguió al reconocimiento británico de que existía la posibilidad de contagio, las ventas de vacuno descendieron en picado en Gran Bretaña y en toda Europa (hasta un 40 por ciento) ni que terceros países, como Egipto, decidieron rechazar la carne británica antes de que fuera desembarcada en sus puertos.
Unos pocos datos servirán para ilustrar convenientemente este temor a los efectos de la alarma social.
El 21 de marzo pasado Gran Bretaña reconoció públicamente la posibilidad del contagio a humanos por ingestión de carne contaminada. En la semana siguiente, en Pommery de Vicomte, Francia, se sacrificaron 151 vacas sospechosas, aunque asintomáticas según las autoridades francesas.

 
El 8 de febrero se había detectado el primer caso oficial, según informaron las autoridades con clara voluntad de tranquilizar a la opinión pública, si bien no explicaron por qué se tardó casi dos meses en reaccionar.
En esos mismos días, en Brandeburgo, Alemania, se sacrificaron otras 49 vacas de origen británico y el gobierno federal alemán pidió el sacrificio de otras 5.000 reses que ya llevaban años en este país.

 
Todo episodio epidemiológico relacionado con la nutrición humana tiene un impacto psicológico considerable, sobre todo en un contexto sensibilizado, en el cual muchos expertos han denunciado desde hace años la política alimentaria basada en nuevos modelos y productos, cuyos efectos sobre la salud humana tardarán dos o tres décadas en manifestarse. Es decir, una generación: un plazo excesivo para tomar medidas que impidan una catástrofe sanitaria en el caso de que algunos de estos nuevos productos de consumo masivo derivaran en enfermedades graves, degenerativas y trasmisibles hereditariamente.

 
El hecho mismo de que las bases psicológicas para reforzar la desconfianza y el rechazo de los consumidores a los "alimentos no naturales" pesen tanto, y sean a la vez un factor tan difícil de estimar, es otro elemento para manejar la crisis con prudencia.
 
2. El factor económico

Una vaca alimentada con harinas animales conseguirá en 20 meses el peso que una vaca alimentada en la pradera tarda 3 años en adquirir. Si se trata de una vaca lechera, esta alimentación conseguirá que produzca un 60% más de leche que una vaca alimentada sólo con hierba.
 
A su vez, este modelo de producción cárnica es el resultado de una evolución que se inició cuando se decidió estimular el engorde de los animales mediante complementos proteínicos vegetales. Más tarde llegaron los complementos animales y la utilización masiva de hormonas y de todo tipo de productos, como el clembuterol, de uso autorizado en EEUU.
Precisamente, uno de los mayores conflictos entre la UE y EEUU se deriva de la presión de éste para que Europa abra sus mercados a unas carnes obtenidas mediante el uso de productos prohibidos por la normativa comunitaria en la materia.
Por otro lado, aunque la alarma saltó en Gran Bretaña, tal vez por la utilización más masiva de harinas animales, o por mayores cotas de inseguridad de los procesos de esterilización de las ovejas utilizadas, o bien por la existencia de un mercado ilegal activo de comercialización de ovejas infectadas muertas para atender la demanda de los productores de estos piensos, lo cierto es que estas harinas son de uso generalizado. Era inevitable que, de no tomarse medidas, toda la producción cárnica y su modelo nutricionista implícito quedara bajo sospecha.

 
Incluso es posible que los casos británicos de "vacas locas" se deban a que la demanda británica prefiere animales mayores, más hechos, que por lo tanto tienen tiempo de desarrollar la enfermedad en su fase avanzada, mientras en otros países se estuvieran consumiendo animales más jóvenes que se encontraban en fase de incubación (según los expertos, la enfermedad no se ha detectado en animales menores de 3 años).

 
El hecho de que este proceso no haya sido establecido no inhabilita la hipótesis de trabajo para considerar posibles escenarios futuros. Debe tomarse en cuenta que la enfermedad, que se ha manifestado en vacunos mayores de tres años, tiene un período de incubación largo y que es trasmisible hereditariamente. De modo que tampoco se trata de una hipótesis temeraria ni descabellada: los animales de tres años enfermos tuvieron que contagiarse muy tempranamente y posiblemente a través de sus madres.

 
Todos éstos eran y son factores que complican la toma de decisiones. De un lado, para poner en práctica un Plan de Erradicación de la enfermedad, según el modelo aplicado en los casos de la peste porcina alemana, la enfermedad vesicular porcina italiana, o la peste porcina africana que afectó a España, habría que forzar el sacrificio de una parte sustancial de la cabaña británica (unos 12 millones de reses en total). Del otro, la medida podía terminar por forzar otras y la redefinición y nueva regulación de todo el sector de producción cárnica. 

 
En el caso de tener que sacrificar 4 o 5 millones de reses, Gran Bretaña (ayudada por la UE, que se ha comprometido a sufragar el 70% del coste) debería hacer frente a un coste inicial de 20.000 millones de dólares (unos 3 billones de pesetas), sólo en pérdidas. A esta suma habría que añadir el coste del matadero, el de la incineración y el de la reposición de las cabezas de ganado.

  
Pero, además, se dispararía la sospecha ­p;como ha puesto en evidencia la misma lógica de los hechos desde el pasado marzo, cuando el gobierno británico reconoció, por primera vez, públicamente esta posibilidad­p; de que la encefalopatía espongiforme de las "vacas locas" pudiera contagiarse a los seres humanos por el consumo de carne. Un reconocimiento obligado por la aparición repentina de más de una docena de casos de la enfermedad en personas muy jóvenes.



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