1 Un sistema en cuestión
El modelo de las granjas avícolas es similar en toda Europa y en el
resto del mundo desarrollado. Los animales están hacinados, producen
huevos a presión y bajo luz ininterrumpida y son alimentados con harinas
animales y de pescado, con hormonas y otros compuestos, entre los que
se incluyen antibióticos, vacunas y complementos vitamínicos.
Cabe preguntarse: ¿qué ocurriría si aparecieran un par de casos de encefalopatía
espongiforme, o más concretamente de Creutzfeldt Jakob, en personas
jóvenes que no consumieran carne bovina británica, o de zonas en que
se hubiera detectado EEB?.
Por lo pronto ya ha aparecido un caso, recogido por The Lancet: el de
un mecánico francés de Lyon, de 26 años, que nunca viajó al Reino Unido
y cuya única salida al exterior fueron unas vacaciones en España hace
algunos años.
En esta hipótesis el mercado cárnico en general recibiría un golpe terrible
y se dispararía el pánico social. No debe olvidarse, al respecto, que
en la semana que siguió al reconocimiento británico de que existía la
posibilidad de contagio, las ventas de vacuno descendieron en picado
en Gran Bretaña y en toda Europa (hasta un 40 por ciento) ni que terceros
países, como Egipto, decidieron rechazar la carne británica antes de
que fuera desembarcada en sus puertos.
Unos pocos datos servirán para ilustrar convenientemente este temor
a los efectos de la alarma social.
El 21 de marzo pasado Gran Bretaña reconoció públicamente la posibilidad
del contagio a humanos por ingestión de carne contaminada. En la semana
siguiente, en Pommery de Vicomte, Francia, se sacrificaron 151 vacas
sospechosas, aunque asintomáticas según las autoridades francesas.
El 8 de febrero se había detectado el primer caso oficial, según informaron
las autoridades con clara voluntad de tranquilizar a la opinión pública,
si bien no explicaron por qué se tardó casi dos meses en reaccionar.
En esos mismos días, en Brandeburgo, Alemania, se sacrificaron otras
49 vacas de origen británico y el gobierno federal alemán pidió el sacrificio
de otras 5.000 reses que ya llevaban años en este país.
Todo episodio epidemiológico relacionado con la nutrición humana tiene
un impacto psicológico considerable, sobre todo en un contexto sensibilizado,
en el cual muchos expertos han denunciado desde hace años la política
alimentaria basada en nuevos modelos y productos, cuyos efectos sobre
la salud humana tardarán dos o tres décadas en manifestarse. Es decir,
una generación: un plazo excesivo para tomar medidas que impidan una
catástrofe sanitaria en el caso de que algunos de estos nuevos productos
de consumo masivo derivaran en enfermedades graves, degenerativas y
trasmisibles hereditariamente.
El hecho mismo de que las bases psicológicas para reforzar la desconfianza
y el rechazo de los consumidores a los "alimentos no naturales"
pesen tanto, y sean a la vez un factor tan difícil de estimar, es otro
elemento para manejar la crisis con prudencia.
2. El factor económico
Una vaca alimentada con harinas animales conseguirá en 20 meses el peso
que una vaca alimentada en la pradera tarda 3 años en adquirir. Si se
trata de una vaca lechera, esta alimentación conseguirá que produzca
un 60% más de leche que una vaca alimentada sólo con hierba.
A su vez, este modelo de producción cárnica es el resultado de una evolución
que se inició cuando se decidió estimular el engorde de los animales
mediante complementos proteínicos vegetales. Más tarde llegaron los
complementos animales y la utilización masiva de hormonas y de todo
tipo de productos, como el clembuterol, de uso autorizado en EEUU.
Precisamente, uno de los mayores conflictos entre la UE y EEUU se deriva
de la presión de éste para que Europa abra sus mercados a unas carnes
obtenidas mediante el uso de productos prohibidos por la normativa comunitaria
en la materia.
Por otro lado, aunque la alarma saltó en Gran Bretaña, tal vez por la
utilización más masiva de harinas animales, o por mayores cotas de inseguridad
de los procesos de esterilización de las ovejas utilizadas, o bien por
la existencia de un mercado ilegal activo de comercialización de ovejas
infectadas muertas para atender la demanda de los productores de estos
piensos, lo cierto es que estas harinas son de uso generalizado. Era
inevitable que, de no tomarse medidas, toda la producción cárnica y
su modelo nutricionista implícito quedara bajo sospecha.
Incluso es posible que los casos británicos de "vacas locas"
se deban a que la demanda británica prefiere animales mayores, más hechos,
que por lo tanto tienen tiempo de desarrollar la enfermedad en su fase
avanzada, mientras en otros países se estuvieran consumiendo animales
más jóvenes que se encontraban en fase de incubación (según los expertos,
la enfermedad no se ha detectado en animales menores de 3 años).
El hecho de que este proceso no haya sido establecido no inhabilita
la hipótesis de trabajo para considerar posibles escenarios futuros.
Debe tomarse en cuenta que la enfermedad, que se ha manifestado en vacunos
mayores de tres años, tiene un período de incubación largo y que es
trasmisible hereditariamente. De modo que tampoco se trata de una hipótesis
temeraria ni descabellada: los animales de tres años enfermos tuvieron
que contagiarse muy tempranamente y posiblemente a través de sus madres.
Todos éstos eran y son factores que complican la toma de decisiones.
De un lado, para poner en práctica un Plan de Erradicación de la enfermedad,
según el modelo aplicado en los casos de la peste porcina alemana, la
enfermedad vesicular porcina italiana, o la peste porcina africana que
afectó a España, habría que forzar el sacrificio de una parte sustancial
de la cabaña británica (unos 12 millones de reses en total). Del otro,
la medida podía terminar por forzar otras y la redefinición y nueva
regulación de todo el sector de producción cárnica.
En el caso de tener que sacrificar 4 o 5 millones de reses, Gran Bretaña
(ayudada por la UE, que se ha comprometido a sufragar el 70% del coste)
debería hacer frente a un coste inicial de 20.000 millones de dólares
(unos 3 billones de pesetas), sólo en pérdidas. A esta suma habría que
añadir el coste del matadero, el de la incineración y el de la reposición
de las cabezas de ganado.
Pero, además, se dispararía la sospecha p;como ha puesto en evidencia
la misma lógica de los hechos desde el pasado marzo, cuando el gobierno
británico reconoció, por primera vez, públicamente esta posibilidadp;
de que la encefalopatía espongiforme de las "vacas locas"
pudiera contagiarse a los seres humanos por el consumo de carne. Un
reconocimiento obligado por la aparición repentina de más de una docena
de casos de la enfermedad en personas muy jóvenes.