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LAS "VACAS LOCAS"

 

(Informe sobre la crisis planteada por la encefalopatía espongiforme bovina (EEB) que afecta al ganado británico)

 

 

1. INTRODUCCIÓN

2. RESUMEN

3. INFORME

3.1 Los hechos

3.2 Declaraciones públicas de los Científicos.

4. EL ESTADO DE LA INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA

4.1 La Enfermedad

4.2 Los Antecedentes.

4.3 El Debate Científico

5 EL MODELO DE PRODUCCIÓN CÁRNICA

5.1 Un Sistema en Cuestión

5.2 El Factor Económico 

6. DISTINTAS POSTURAS

6.1 Partidarios de Levantar el Embargo.

6.2 Los partidarios de Continuar con el Embargo

7. EL ANÁLISIS

8. ALGUNAS PREGUNTAS Y RESPUESTAS DE INTERES

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7. EL ANÁLISIS

 

Todo indica que la actual crisis es la consecuencia de un proceso que ha tenido varias fases.
La primera fase se abre en 1985, cuando se detectan los primeros casos de EEB en reses del condado de Kent, en Inglaterra. En 1986, los investigadores británicos del Laboratorio Central de Weybridge de Londres identifican la nueva enfermedad como encefalopatía espongiforme bovina. Los casos de reses enfermas se extienden desde ese momento rápidamente afectando a toda Inglaterra y, en menor medida, a Escocia e Irlanda. Puede considerarse que esta fase se cierra en 1988, con la prohibición de las harinas animales sospechosas de la contaminación por parte del gobierno británico.

  
La segunda fase se abre en 1988 y, a la luz de los datos disponibles actualmente, se caracteriza por la nula aplicación de medidas de control sanitario. Oficialmente no debían nacer más vacunos enfermos desde 1993, en función de la prohibición, pero los casos se multiplican hasta afectar oficialmente a 160.000 cabezas de ganado vacuno en el Reino Unido.

  
La tercera fase se abre a comienzos de 1994, aunque se hace pública recientemente. Se caracteriza por la aparición de casos de Creutzfeldt Jakob en personas jóvenes y por la aparición de la alarma médica ante la emergencia (12 casos en dos años). El gobierno de John Major, después de fuertes disensiones y demoras, declara públicamente que existe la posibilidad de que estos casos se deban al consumo de reses afectadas (21 de marzo de 1996).

  
La cuarta fase se inicia el 3 de abril de 1996, con la decisión de la UE de embargar los productos cárnicos de vacuno británico y se caracteriza por las fuertes tensiones políticas entre el Reino Unido y sus socios europeos por la medida tomada por el Consejo de ministros de Agricultura, apoyados en el dictamen favorable al embargo emitido por el Comité Veterinario Permanente.

  
El problema fundamental que se plantea es la imposibilidad de establecer, al menos de momento y oficialmente, una previsión epidemiológica que permita aplicar o descartar el modelo de aceptación de riesgos estadísticamente residuales. Es decir, no se tienen datos suficientes para relacionar la variable económica (coste de una erradicación radical con el sacrificio de una parte considerable de la cabaña británica, que podría afectar a 4 o 5 millones de vacunos) y la sanitaria (riesgo efectivo de contagio por ingesta de carne de animal afectado).

  
De un lado, los partidarios de la prudencia económica entienden que se trata de muy pocos casos de Creutzfeldt Jakob para un consumo masivo y continuado de carne afectada durante casi una década. Del otro, los partidarios de la prudencia sanitaria recuerdan que el período de incubación de la enfermedad es muy prolongado y que esta primera docena de muertes podría ser sólo el preludio de una epidemia con cientos de miles de afectados.

  
Si los partidarios de levantar el embargo, como EEUU, inciden en el elevado coste económico y en la crisis que implica la medida para el sector cárnico para sugerir la aceptación del riesgo estadístico residual, los partidarios de mantener las medidas de aislamiento y erradicación radical de la EEB inciden tanto en el riesgo sanitario imprevisible (incluyendo el coste) como en la necesidad de impedir que la EEB se extienda a otras cabañas europeas, o acabe por generar una desconfianza generalizada que provoque el hundimiento de los mercados cárnicos europeos, bovinos y no bovinos, en función del número creciente de afectados que es previsible aparezcan en los próximos años.

  
Todo indica sin embargo que existe un consenso en relación al concepto de aceptación del riesgo residual. Ésta podría ser la base de un levantamiento paulatino y escalonado del embargo a corto plazo, empezando por ciertos derivados como el sebo, la gelatina y el semen, para proseguir con otros derivados en función del riesgo potencial.

  
Los productos sobre los cuales el embargo se levantaría a más largo plazo serían los embriones (de venta parcialmente prohibida desde 1992 y totalmente desde el pasado 3 de abril) y la casquería, que estaría prohibida hasta la erradicación definitiva de la EEB, prevista para el año 2002.

  
Los animales vivos podrían estar embargados todavía por un período difícil de determinar. El Reino Unido quiere que se levante la medida para todos los animales nacidos después del pasado 1 de mayo, mientras los expertos de la UE barajan plazos de dos y tres años como mínimo. Los mismos plazos se manejan para la comercialización de las carnes.
A la luz de los datos disponibles, todo hace pensar que, en las próximas semanas, el debate y las negociaciones entre la UE y el Reino Unido se centrarán en la determinación de este calendario escalonado y que las fechas que se manejan todavía pueden cambiar mucho, en función de los resultados de las investigaciones científicas en curso para alcanzar un conocimiento mayor de los mecanismos de contagio y de los posibles índices de prevalencia de la enfermedad.

  
En principio, los científicos parecen inclinarse a descartar el riesgo de contagio a través del sebo, las gelatinas y el semen, así como parece haber acuerdo sobre la elevada toxicidad de los productos de casquería y de todos aquellos relacionados especialmente con el sistema nervioso y el riego sanguíneo.

  
Sin embargo, desde el punto de vista socioeconómico y político importa estimar no sólo el peso del riesgo sanitario real, sino la percepción del riesgo por parte de los consumidores europeos, especialmente sensibilizados por la masiva emergencia de alimentos "no naturales". En tal sentido, basta ver la desconfianza y resistencia que está produciendo la salida al mercado de alimentos obtenidos por ingeniería genética, o la contestación al modelo de producción cárnica en general (aves, cerdos, etc.).

 
No cabe duda de que la EEB acrecentará esta desconfianza y tendrá su impacto en las perspectivas de mercado de ciertos productos que en estos momentos se están desarrollando y que afectarán directamente a todos los países de la UE.
Así, por ejemplo, en el caso de España, podría cuestionarse el esfuerzo en fase avanzada del sector cárnico porcino por conseguir un jamón serrano con menos grasa y más músculo, con terapias hormonales a base de hormona del crecimiento somatotropina porcina (psT), o con la obtención de animales transgénicos (con material genético extraño introducido en su ADN para lograr estándares más competitivos desde el punto de vista de la comercialización). También es un hecho la resistencia europea a la utilización de STB (somatotropina bovina), hormona que favorece la producción lechera, ampliamente empleada en EE.UU.

 
¿Cómo reaccionará el consumidor europeo psicológicamente ante la inevitable asociación mental entre "hormona de crecimiento" y Creutzfeldt Jakob en niños tratados con esta hormona años después?. ¿Aceptará este riesgo? ¿Quién puede cuantificarlo y garantizar su "remota" posibilidad de incidencia a largo plazo?.

 
No existe ningún país europeo que no se encuentre ante el mismo dilema en relación a la creciente emergencia, a nivel de mercado, de la biotecnología, tanto en alimentación y sanidad como en un campo cada vez más variado de sectores de actividad económica.

 
En este sentido, ya se ha advertido por parte de muchos expertos que podemos inadvertidamente estar induciendo modificaciones genéticas potencialmente trasmisibles por la vía hereditaria y que, como se adelantó, podrían revelar su auténtica dimensión al cabo de veinte o treinta años, cuando fuera demasiado tarde para reaccionar.

  
Como este dilema afecta globalmente a la producción de alimentos con destino al consumo humano, la emergencia de la EEB y de los nuevos Creutzfeldt Jakob en personas jóvenes podrían tener consecuencias imprevisibles en el caso de que la crisis se cerrara en falso, en contra o a favor de la posición británica.

 
En este contexto, parece aconsejable extremar la prudencia política tanto como la sanitaria, evitando que los intereses económicos sectoriales introduzcan elementos de tensión añadidos. Tal como evoluciona la crisis, se corre el riesgo de que estos elementos de distorsión, como los factores emocionales (el sentimiento nacional y sus demonios ancestrales), acaben por hacer de la EEB el disparador de las fuerzas desintegradoras subyacentes de los nacionalismos, que no dejan de aflorar tampoco en fenómenos tan lamentables como la periódica destrucción de productos españoles a cargo de agricultores franceses.

 
Todo parece indicar, en suma, que la labor prioritaria pasa por encontrar la fórmula para desactivar la crisis aislando el problema científico y sanitario de todas estas connotaciones distorsionadoras. En este contexto, tiene especial trascendencia la opinión experta de los especialistas, así como la comunicación de estas opiniones a la sociedad.
La evolución de la crisis depende en buena medida de la responsabilidad de los científicos y de su capacidad para sustraerse a los factores extracientíficos en juego. El riesgo sanitario real que debe ser valorado debería, a su vez, determinar de forma racional y sensata la toma de decisiones, al margen de los intereses económicos sectoriales y de la dialéctica política europea con sus alianzas coyunturales.

 
Es la sociedad europea, el conjunto de sus ciudadanos consumidores, la que debe definir cuánto riesgo está dispuesta a asumir en cada caso y en función de un modelo de producción de alimentos que excede en mucho a la carne de vacuno, y afecta tanto a los productos cárnicos como hortifrutícolas.

 
En todo caso, lo que no parece conveniente en absoluto es lo que se está haciendo: limitar el problema a la emergencia de la EEB de la cabaña británica, como si se tratara de un problema puntual que no puede afectar en absoluto a un modelo de producción alimentaria libre de toda sospecha que, paradójicamente, es en lo fundamental el mismo modelo.
Este expediente, aparte de ser la peor forma de cerrar la crisis actual, hará que la histeria social se recrudezca ante la próxima emergencia sanitaria. Ir por detrás de la crisis, ser incapaces de adelantarnos a ella y prevenir, sólo garantiza la reiteración agravada de la crisis en el futuro.

 

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